Me pase de putica: una colegiala con el fontanero


 Se llamaba Salvador, pero hacĆ­a poca gala a su nombre, porque rara vez llegaba a tiempo. Era un hombre mĆ”s bien rudo, aunque bastante atractivo, con el pelo cano y la piel muy morena, tostada por el sol de justicia del que gozamos en mi tierra. Trabajaba como albaƱil y fontanero, claro, asĆ­ se entiende que, ademĆ”s de lucir aquel moreno de albaƱil, tuviera unos mĆŗsculos tan bien formados. Pero no os llamĆ©is a engaƱo. Salvador era mayor. Muy mayor. Al menos para mi, que acababa de cumplir los 16 aƱos. Creo que Ć©l tendrĆ­a unos 55 aƱos, por lo menos… ¡si era mĆ”s mayor que mi propio padre!…

Han pasado ya muchos aƱos. Ahora soy una mujer mĆ”s madura y puedo entender que me dejara llevar por la impaciencia de la edad, por las ganas tan tremendas de sexo que padecen los adolescentes. Y tambiĆ©n comprendo que la culpa la tuve yo. En realidad aquel pobre hombre… me trató demasiado bien. Yo en su caso…

Resulta que en casa tenĆ­amos que hacer reformas. Vivimos en un pueblo muy pequeƱo y aquĆ­ todo el mundo se conoce… ademĆ”s que solo hay un fontanero en todo el pueblo, con lo cual no hay donde elegir. Yo no habĆ­a tenido mucho contacto con Ć©ste hombre, solo le conocĆ­a de vista, en fin…su hija, que tenĆ­a mi edad, estaba en mi clase, vaya. Recuerdo que ese aƱo estĆ”bamos haciendo el C.O.U., acabĆ”ndolo ya, porque estĆ”bamos preparĆ”ndonos los exĆ”menes de Selectividad.

Yo por aquellos dĆ­as, hacinada en el territorio comanche de mi habitación, y agobiada por la extenuante montaƱa de libros, estaba muy nerviosa. Por los exĆ”menes. Y encima a eso se le aƱadĆ­a el aliciente de las reformas de casa, todo el santo dĆ­a con el trajĆ­n de los albaƱiles, carpinteros, pintores, fontaneros… El dĆ­a clave era precisamente uno de los mĆ”s crĆ­ticos para mi. Solo faltaban 2 dĆ­as para mi primer examen y estaba que me subĆ­a por las paredes. Estaba a punto de echarme a llorar de desesperación, cuando mi padre tocó a la puerta de mi cuarto y me dijo que Ć©l y mi madre tenĆ­an que salir a elegir unos muebles. El plan era que me quedaba sola, allĆ­ encerrada estudiando y con una pareja de fontaneros en la cocina. Ante mis quejas, mi padre me espetó que habĆ­an quedado ese dĆ­a y que no podĆ­an echarse atrĆ”s, que ya era mayorcita para saber cuales eran mis obligaciones, etecĆ©, etecĆ©… y se fueron. Yo me sentĆ­a fatal. Total, ya conocĆ­a al viejo de Salvador y a su sobrino, trabajaban juntos, eran buena gente.

Pasaron cerca de 30 minutos y sentĆ­ que no podĆ­a mĆ”s con los libros. AbrĆ­ la puerta de mi cuarto y asomĆ© la cabeza al pasillo. A Salvador y a su sobrino (creo que se llamaba MartĆ­n, pero no recuerdo bien) se les oĆ­a trajinar en la cocina. Mi casa consiste en un largo pasillo a lo largo del cual se van distribuyendo las habitaciones. La cocina estaba en el extremo mĆ”s alejado de la puerta de entrada a la casa y mi habitación mĆ”s o menos por la mitad el pasillo. Y como la puerta de la cocina estaba abierta, desde mi posición pude ver cómo trabajaban los fontaneros. Salvador estaba inclinado sobre la mesa, asĆ­ que solo podĆ­a verle las piernas, pero a su sobrino si podĆ­a verle bien. Le calculĆ© unos veintitantos aƱos. No es que fuera una belleza, pero tenĆ­a un cuerpo muy bien formado…bastante apetitoso para una chica de mi edad. AsĆ­ que ya que estaba sola, aburrida y harta de estudiar, decidĆ­… divertirme un poco. Algo, no sĆ©…por entretener a mis hormonas. ¿QuĆ© de malo habĆ­a en ello?.

VolvĆ­ a meterme en mi cuarto y me dirigĆ­ al espejo de la cómoda. Como hacĆ­a calor yo llevaba unos pantaloncitos muy cortos, que me parecieron bien para mi propósito, y una camiseta de tirantes, bastante escotada, perfecta. Pero habĆ­a algo que fallaba…el sujetador. Me liberĆ© de Ć©l y la visión que me devolvió el espejo me gustó mucho mĆ”s. Mi pechos parecĆ­an querer salirse de la ajustada camiseta (tengo bastante pecho, aunque siempre he querido tener mĆ”s). Di unos cuantos pasos hacia atrĆ”s y avancĆ© hacia el espejo, fijando mi vista en unas bamboleantes tetas que me convencieron de su poder hipnótico. Me descalcĆ© y me soltĆ© el pelo, que lo llevaba atado en una cola. SuspirĆ©. Todo bien. Adelante, pues.

VolvĆ­ a salir al pasillo y me dirigĆ­ con paso decidido hacia la cocina, pero justo cuando me quedaba menos de 2 metros de pasillo para llegar, oĆ­ cómo Salvador le ordenaba a su sobrino ir al almacĆ©n a recoger no-sĆ©-que-cosa para las tuberĆ­as. LleguĆ© para ver cómo el muchacho salĆ­a de la cocina y avanzaba por el pasillo sin apenas mirarme. Bueno, si, me miró…las tetas, por supuesto. Pero ni siquiera levantó la vista o se paró. Sin embargo no me desanimĆ©, pensando que como no tardarĆ­a en llegar, pues no pasaba nada si le esperaba en la cocina, tomĆ”ndome un descafeinado o algo… para hacer tiempo.

EntrĆ© y saludĆ© a Salvador…

” Salvador…hola ”

” ¡Hombre, elizabeth! TĆŗ por aquĆ­! ¿ya saliste del claustro?”

” Pues si…, voy a tomar algo, ¿la apetece un cafĆ©?”

” Bueno, me tomarĆ­a una cerveza bien fresquita”.

Mientras sacaba la cerveza del frigorĆ­fico y calentaba la leche en el microondas le observĆ©. El caso es que no estaba nada mal aquel hombre… un poco…bueno, no…BASTANTE mayor para mi, pero mis hormonas al parecer aquel dĆ­a no atendĆ­an a razones. Me percatĆ© de que Ć©l me miraba de reojo y le notĆ© nervioso. Normal. Mis pantalones eran tan cortos que me llegaban al inicio de los muslos y tan pegados que se me notaba bastante la forma de mi sexo. Y encima sin sostĆ©n. EchĆ© un par de cucharadas de cafĆ© a la leche y, al mirar hacia abajo, vi que tenĆ­a los pezones a punto de romper la tela de la camiseta. Me avergoncĆ© un poco, porque ademĆ”s me notĆ© hĆŗmeda. Y eso que llevaba un salva-slip puesto.

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” Y bueno, Elizabeth …cuĆ©ntame, ¿ya tienes novio? Mi sobrino me dijo hace un rato que eras muy guapa, pero el pobre es muy tĆ­mido. ¿Ya os conocĆ©is, no?”

“Si…”

” ¿Y quĆ© te parece?”

” Que estĆ” bien..”

” ¿Bien?” – risas- “¿solo bien?”- mĆ”s risas.

Me girĆ© hacia Ć©l y le tendĆ­ la cerveza. Salvador alargó la mano para cogerla y vi que le temblaba ligeramente. Me estaba mirando las tetas. Yo saquĆ© mĆ”s busto, vamos, que las “echĆ© p´lante”, como se suele decir, en un movimiento reflejo, porque en seguida me arrepentĆ­, ya que Ć©l levantó la vista y me miró. Casi serĆ” decir que me clavó la vista. Una mirada inquisitiva.

Una mirada que me excitó.

Entonces ya no respondĆ­ de mis actos. Me sentĆ­a como una leona enjaulada, ardiente, con unas ganas terribles de romper las reglas. Me acerquĆ© lentamente hacĆ­a Ć©l sosteniĆ©ndole la mirada y alarguĆ© una mano hacia su pecho. Lo notĆ© duro, fuerte, y comencĆ© a deslizarla hacia arriba hasta tocarle el hombro, el brazo… y su tacto me excitó mĆ”s aĆŗn. Salvador seguĆ­a mirĆ”ndome fijamente, sin moverse, sin apenas atreverse a respirar. Yo volvĆ­ a dirigir mi mano hacia su vientre y la fui bajando hasta tocarle el sexo por encima el pantalón vaquero. TenĆ­a un paquete enorme, su tacto a travĆ©s de la tela me hizo estremecer. Entonces Salvador se retiró, dio un paso hacia atrĆ”s y musitó algo asĆ­ como que Ć©l podrĆ­a ser mi padre.

Yo, a mi vez, avancé, salvando la distancia que él había establecido y me apreté contra su pecho, sintiendo la dureza de su miembro a la altura de mi bajo vientre, respirando el olor a su sudor. Le puse ambas manos a los lados de las caderas y le apreté mÔs contra mi. Y ese fue el resorte. Reaccionó cogiéndome de la cintura y tumbÔndome de espaldas en la amplia mesa de la cocina.

” SerĆ”s putita… ¿quĆ© es lo que quieres, niƱata?”.

Lo dijo jadeando, tratando de controlar una situación que ya se le habĆ­a escapado de las manos. Pero yo, a pesar de ser tan joven, sabĆ­a que a los hombres les gusta el papel de “machos dominantes” y hice como que me dejaba hacer. Total, mi objetivo se iba a cumplir, la forma me daba igual, corrĆ­a de su cuenta, Ć©l era el experimentado… y esa idea me excitó tanto…

Mi respuesta fue cogerle del cuello y atraerle hacia mis labios, pero él rehusó. A cambio me agarró la vieja camiseta por el escote y de un tirón la rompió dejando en plena libertad a mis pechos, que salieron disparados. Hundió la cabeza entre mis senos y agarrÔndomelos con las dos manos comenzó a lamerme, para luego dedicarse a chupar alternativamente mis adoloridos pezones. Yo estaba tan excitada que creí que me moría. Tenía ganas de que aquel placer durara siglos, pero Salvador no parecía estar por la labor, porque comenzó a bajarme trabajosamente los pantalones mientras me comía (literalmente) los pechos.

Cuando por fin lo pantalones se deslizaron hacia el suelo yo me abrí de piernas todo lo que pude, gimiendo y maldiciéndole, y no sé de dónde me salió aquella vena tan agresiva, pero lo cierto es que en toda mi vida sexual posterior jamÔs he estado tan excitada como aquella vez. Me metió los dedos por la vagina, comprobó satisfecho lo caliente y húmeda que estaba, y celebrÔndolo con un gruñido se inclinó y le dio un par de lametones a mi hinchado clítoris mientras se bajaba la cremallera y sacaba una enorme polla, dura como una piedra.

Me penetró sin miramientos. Al principio solo metió, casi apoyando simplemente, la punta de su miembro entre mis labios vaginales, pero ante mis quejidos decidió no andarse con ceremonias y comenzó a salir y a entrar de mi coƱo con una facilidad pasmosa. Yo no sabĆ­a adónde agarrarme, sentĆ­a unos irrefrenables deseos de morderle… hasta que me llegó el primer orgasmo. Y un segundo y un tercero … hasta que Ć©l salió de mĆ­. Sacó su enorme polla de mi sexo y, con un grito contenido, se corrió sobre mĆ­, rociĆ”ndome de semen los muslos y el pecho.

Se apoyó con las dos manos en el borde de la mesa, mientras yo yacía exhausta. Estaba rendida y lo mejor es que mis nervios habían desaparecido por completo. Cerré los ojos y ya comenzaba a abandonarme a un agradable sopor cuando noté cómo Salvador se subía la cremallera y me tiraba los pantalones a la cara.

” Tamarita, anda, vete vistiendo que mi sobrino no tardarĆ” en llegar. ¡¡Vaya, niƱa, menudo bicho que estĆ”s hecha!!… Hace aƱos que no follo asĆ­!!…Por cierto, ¿sigues interesada en conocer a mi sobrino?”.

Le respondĆ­ que si, me bajĆ© de la mesa y le di un beso en la mejilla. Entonces tocaron a la puerta de entrada y salĆ­ corriendo a mi cuarto, para vestirme. Me lavĆ© un poco, me puse un vaporoso vestido de verano y me dirigĆ­ de nuevo hacia la cocina…

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Hasta la próximasu excolegiala favorita

Emilia
Emilia Love and Sex are the keys to immortality. Let's have sex every day